(Patricia A. Romero Ley)
Era bastante avanzada la noche. Miranda aun no podía conciliar el sueño de modo que no sacaba nada con estar en la cama, sólo conseguía entre vuelta y vuelta, que un montón de absurdos pensamientos se agolparan en su cabeza.
Había tenido un muy mal día, de esos que desearíamos borrar del calendario, pero que lamentablemente no podemos, pero bueno… el caso es que todo ya estaba así.
Recordaba el encuentro que había tenido esa tarde con aquel extraño chico de barba muy rala que se le había acercado en la cafetería. Era muy fácil recordar sus facciones, nada fuera de lo común en lo que a su físico se refería, pero donde se podían notar enormes diferencias, era en sus actitudes, su manera de ser, en su esencia como persona.
“Sí no lo intentas, jamás podrás saber de lo que eres capaz de hacer”. – Le había dicho, pero ella jamás le habló, eso era lo extraño.
Estaba pensando en algo relacionado con su futuro y que aun no decidía, estaba muy confundida. Pero… ¿Cómo era posible? ¿Cómo pudo enterarse?
- El mundo esta lleno de cosas que no podemos explicar… y suceden – agregó aquel joven.
Miranda lo miró sobresaltada, lo había hecho de nuevo. ¿Cómo pudo?
- Yo sólo puedo escuchar lo que piensas. No preguntes como, sólo sé que puedo hacerlo – comentó algo consternado.
Ella guardó silencio y observó al muchacho acuciosamente, sus ojos pequeños pero penetrantes eran de un azul intenso, su nariz respingada y graciosa, labios medianamente carnosos, pero muy pálidos. En general su rostro era bastante agradable.
Era extremadamente delgado y muy alto, su cabello era castaño claro, largo, ondeado, pero su peinado muy desprolijo.
- Mi nombre es Vicente Gómez… Vigo.
- ¿Vigo? – preguntó.
- Las primeras sílabas de Vicente y Gómez.
- ¡Ya veo! – exclamó Miranda.
Aquel chico era nuevo en la facultad, era la primera vez que lo veía, sin embargo le pareció muy familiar, había algo en él que la hacía sentir como si ya lo conociera.
Estaba en estos recuerdos, cuando la puerta de su habitación se abrió, era su madre que venía con una humeante taza de leche con miel.
- Para que puedas dormir – le dijo, alargándole la taza.
Tomó la taza y luego de dar un sorbo agradeció el gesto de su madre.
Por la mañana, Miranda se preparó desganadamente para su nueva jornada, no tenía ganas de salir de casa, pero no había más remedio. Bajó lentamente las escaleras y sin levantar los ojos del suelo. De pronto sintió una leve brisa tibia cerca de ella y casi en el acto su actitud cambió. Era inexplicable y aunque algo confundida, apresuró el paso y pronto ya estaba sentada en el comedor desayunando junto a sus padres.
- ¿Sucede algo hija? – preguntó su padre preocupado.
Miranda les contó lo que le había sucedido la jornada anterior.
- Parece extraño, pero no tan malo – comentó su padre.
- ¿Y quién es ese chico? – preguntó su madre.
- Es un chico nuevo. Vicente, le dicen Vigo – respondió Miranda sin mirarla.
Su padre palideció y se atragantó con el trozo de pan que tenía en la boca.
- ¿Qué pasa papá? – preguntó la muchacha mirando esta vez a su padre.
- Ese nombre me ha estado dando vueltas en la cabeza, desde hace unas semanas.
- ¡Es raro! Si creyera en las casualidades, diría que es una…pero ambos sabemos que las casualidades no existen – comentó Miranda.
- Es cierto. Algo sucede con Vigo – aseguró su padre.
La Señora Román, madre de Miranda, había permanecido en silencio mientras escuchaba atentamente la conversación de su familia.
- ¿Lo habías visto antes? – rompió por fin su prolongado silencio.
- No mamá, jamás lo había visto hasta ayer. Sin embargo… era tan familiar… - respondió quedándose pensativa.
- ¡Vaya! Eso si es muy raro Miranda – exclamó.
Era en realidad muy raro que dos integrantes de la familia tuvieran alguna experiencia relacionada con Vigo.
El Señor Román estuvo todo el resto del tiempo en silencio. Lo único extraño que le había sucedido en su vida, era haber sido donante en un banco de espernios y esto sobre Vigo.
Después de haber terminado las primeras dos horas de clases, Miranda y su amiga Dense se acercaron hasta la cafetería para su refrigerio habitual. Se ubicaron en una mesa cerca del estante de los pasteles, para tener una mejor visión del que elegirían. Dense fue por dos tazas de chocolate para calentar el cuerpo, pues hacía bastante frío aquella mañana.
- Hola Miranda – saludó sorpresivamente Vigo.
Miranda respondió el saludo sobresaltada. No lo había sentido llegar.
- ¿De dónde sales tú? – preguntó la muchacha.
- ¡Vaya! ¿No es nuestro extraño amigo Vigo? – preguntó Dense alargándole una de las tazas a Miranda.
- ¿Qué tal Dense? – respondió el aludido.
La verdad es que a pesar del saludo desinhibido de Dense, le tenía bastante temor a Vigo.
- No temas amiga, aun no he mordido a nadie. No tienes por qué temerme – se apresuró en asegurarle.
- ¡Guau! ¡Vaya con el chico! – exclamó.
- ¿De que lugar vienes Vigo? – preguntó Miranda.
- De bastante lejos, pero estoy por aquí desde los diez años. Mi madre no quería que estudiara en una escuela común, pero ella falleció este verano y pensé en retomar mi vida a mi manera- respondió tristón.
- ¿Dónde estudiabas entonces? – quiso saber Dense.
- En una escuela especial. Desde chico fui algo avanzado y tengo algunas habilidades que debía potenciar, pero es muy raro que lo comente, porque eso aleja a la gente de mí. He sentido mucha soledad y no me gusta – agregó.
- ¿Por qué nos lo dices a nosotras? – le preguntó Miranda con gran curiosidad.
- No lo sé. Pero desde que te vi siento que tengo algo que ver contigo. Me eres muy familiar – dijo mirándola fijamente.
Las dos amigas se miraron muy extrañadas. No entendían nada, aun así Miranda le comentó que a ella le había sucedido algo similar.
- ¿Por qué tu padre piensa en mí con frecuencia si no me conoce? –
- ¿Estás escuchando mis pensamientos de nuevo Vigo? –
- Sí, y lo siento. No lo puedo evitar –
- La verdad, ni el mismo lo sabe, cuando le conté lo de ayer y le dije tu apodo, se puso pálido y hasta se atragantó con lo que estaba comiendo – se apresuró en aclarar.
- ¿Tienes más familia Vigo? –
- No. Sólo tenía a mi madre, no conozco a mi padre, porque mamá les temía a los hombres, por eso ella fue a un banco de espernios y se embarazó de mí por inseminación artificial. Si me preguntas el porque…la respuesta es muy simple, no quería sentirse sola.
- Ella no tenía familiares aquí, están muy lejos y creo que jamás llegaré a conocerlos – aclaró.
- ¿Por qué le temía a los hombres tu mamá? –
- Porque ella era como yo, tenía algunas habilidades que cuestan entender y a las personas normales las atemorizan- respondió algo angustiado.
- Entiendo – comentó Miranda moviendo la cabeza.
El timbre sonó insistente anunciando que el lapso de descanso terminaba. Miranda, Dense y Vigo se levantaron rápidamente y caminaron juntos y en silencio hasta sus aulas.
Ese día no volvieron a verse y las dos amigas no volvieron a retomar el tema.
Aquella tarde en la hora del té, La familia Román estaba como de costumbre reunida en el comedor, la madre de Miranda había preparado un exquisito Pie de limón, el favorito de todos.
- ¿Qué tal tu día hija? – preguntó el señor Román.
- Bien papá. Hoy conversé un poco más con Vigo y me enteré de algo muy personal de él – respondió con la boca llena de pie.
- ¿Y qué fue eso? – quiso saber su padre intrigado.
- Qué no tiene papá físico… -
- ¿Cómo es eso? – interrumpió.
- Bueno, sucede que su madre nunca tuvo sexo con un hombre…-
- ¿Entonces? ¿Es adoptado? – volvió a interrumpir.
- ¡No papá! Inseminación artificial, así pasó – aclaró la muchacha.
- ¡Ya veo! – exclamó.
El señor Román palideció, sólo él sabía sobre su donación en el banco de espernios. ¿y sí fuera su hijo? No,… sería mucha la casualidad, pero…por otro lado ¿Por qué no?
- ¿Por qué no lo invitas una tarde a casa? – sugirió.
- ¿Para qué? No somos amigos, apenas lo conozco papá. -
- No importa, puedes inventar alguna razón para hacerlo – insistió.
- No te entiendo papá. ¿Es por algún motivo especial? –
- Tengo cierta curiosidad. Eso es todo – respondió algo picado.
- Veré que puedo hacer -.
Todos se levantaron de la mesa al terminar el té y la conversación, retomando cada quién sus actividades.
Miranda subió a su habitación algo pensativa y algo inquieta por la extraña reacción de su padre. ¡En fin! Cada quién con su tema.
Esa noche Miranda se quedó recostada sobre la cama mirando el techo. Era tan raro lo que le sucedía con Vigo.
- ¡No te atormentes Miranda! _ escuchó la voz de Vigo en su mente.
- Tu padre quiere que vaya a tu casa, iré. Tengo curiosidad _ insistió la voz.
- ¡Basta Vigo! ¿Por qué invades mi intimidad? - alegó.
Pero sólo el silencio la siguió.
Nada de todo aquello tenía sentido, sin embargo, era persistente. No paraba.
El viento helado se colaba por la ventana entreabierta, se levantó a cerrarla y luego se metió bajo las cobijas de su cama. Al rato dormía como un bebé.
Dos días después Mariana llegaba a su casa acompañada de Vigo. La Sra. Román lo saludó con cariño y con una hermosa sonrisa.
- Así que tú eres Vigo - exclamó - Eres muy guapo.
- ¡Gracias Señora! - respondió el muchacho halagado.
Cuando ya estaban sentados a la mesa, llegó el padre de Miranda, luego de lavarse las manos se sentó junto a ellos.
Clavó su vista en Vigo y entonces, lo descubrió. Sus facciones eran muy parecidas a las de su abuelo. No cabía duda. ¡Era su hijo! pero como podía el mundo ser tan pequeño.
- ¿Ud. es mi padre Sr. Román? - preguntó el muchacho, utilizando su poder telepático, para que las mujeres no se percataran.
- No lo sé. No estoy seguro - respondió sin abrir la boca.
Vigo sonrió, lo presentía y como aquel hombre ya sabía eso, no lo dejaría solo, pero debía contarlo todo a su esposa y a su hija.
Entonces, luego de un breve silencio, el Sr. Román, comenzó un relato.
No se escuchaba ni un ruido, todos escuchaban en silencio. Su mujer lo observaba atentamente y Miranda pensaba para sí, que no había nada malo en aquella donación.
- No estoy seguro de que él sea parte de mí, pero lo siento muy cercano y sus rasgos me son tan familiares - .
- Hay una forma de saberlo - le aseguró su esposa, estamos en el siglo XXI ¿No? -
- ¿Test de ADN mamá? - preguntó Miranda impaciente.
- ¡Claro! - respondió.
- ¡Tienen razón! ¡Es lo que haremos!... bueno, sí Vigo esta de acuerdo -
- No sé si eso será bueno para mí, pero que más puedo perder - dijo a manera de asentimiento el chico.
- ¡Pero claro que será bueno para ti hijo! - se apresuró en decir la Sra. Román.
Miranda la miró entendiendo lo que quería decir su madre con esas palabras.
- ¿Lo adoptarán ¿ ¿Verdad? - quiso asegurarse.
- Bueno hija. Está sólo, no tiene a nadie- y si es hijo de tu padre, lo mejor sería poder darle la acogida que merece -
- ¡Eres una mujer fantástica! - exclamó el Sr. Román.
Miranda quedó pensativa, aun no salía de su asombro de aquella inesperada conversación. Por otro lado, no digería del todo el asunto de la adopción, pese a que lo que su madre decía parecía razonable.
-Siempre he querido tener un hijo varón – comentó la señora sonriente.
Mariana la observó por un momento, su madre era tan especial, siempre le encontraba el lado bueno a todo.
Al finalizar la visita, Vigo se veía algo conmocionado, pero feliz. Tenía la esperanza de que su larga soledad por fin terminara.
-Si tú no quieres lo del test de ADN Mariana…yo… -
- ¡No! ¡Está bien! Es solo que no logro pensar bien, estoy algo confundida –
- Entiendo. Bueno no es para menos, no es muy habitual que de pronto te encuentres con un probable hermano mayor en estas circunstancias y además…tan extraño. ¿Verdad?- comentó riendo.
- Vigo, hay muchas personas por allí que desarrollan ciertas habilidades especiales, eso no los hace extraños, sólo diferentes y eso no es malo – aclaró Mariana.
- Es cierto…pero…-
- ¡Claro que sí! Y gran parte de la gente ha deseado más de alguna vez poseer alguna de esas habilidades.
- Pero también hay una gran parte de ella que se aleja porque se asusta-
-Bueno, siempre existen personas algo ignorantes que se asustan de lo que no entienden, pero eso pasa en todo orden de cosas. No se puede pedir el cien por ciento en todo- aclaró.
- ¡Tienes razón Mariana! Ahora es mejor que me vaya, también estoy algo aturdido con esto, aunque ya lo presentía, pero tu sabes…es algo tan inesperado.
- Sí lo es. Bueno Vigo, nos vemos mañana en la facultad. Conversaremos de esto ya más calmados.
Esa noche sería muy larga para todos, ecepto para la señora Román, que durmió como un lirón.
Después de dos semanas que para el padre de Miranda fueron las más extensas de su vida, se juntaron en la clínica para lo del test de ADN. Vigo estaba muy nervioso y otro tanto el señor Román. Era un examen bastante sencillo, lo enervante sería la espera de los resultados, dos días más tarde. Si las dos semanas parecieron una eternidad, esos dos días serían dos eternidades.
Después de la clínica ambos se dirigieron a casa, la señora Román los esperaba muy feliz y con un rico almuerzo. Mariana aun estaba en la facultad así es que no compartió con ellos ese día.
Dense no paraba de preguntarle a su amiga sobre las novedades, era bastante curiosa, pero Mariana que era muy reservada, no quiso contarle nada aun hasta estar segura de todo. De todas formas tendría que contárselo en algún momento, era su mejor amiga y compartían todo.
Mariana le respondía con evasivas y a Dense no le quedaba otra cosa que quedarse con ello.
Después de todo lo sucedido, Mariana, Dense y Vigo se hicieron inseparables. Vigo era muy agradable y se pasaba muy bien con él. Además ayudaba a las chicas en todo lo que le pedían.
El momento esperado al fin llegó, el señor Román retiró los resultados del test, pero llegó a su casa con el sobre aun sellado. Convocó a toda la familia en el comedor mientras esperaban la llegada de Vigo.
Al llegar Vigo, la madre de Mariana les sirvió una taza de chocolate y pastelillos recién horneados (era una ocasión especial, por esta razón se había esmerado), cuando terminó de servir se sentó a la mesa expectante.
El señor Román con manos inseguras abrió el sobre y lo desplegó sin mirar aun su contenido.
- ¡Ya papá! ¡Por favor! – reclamó Mariana.
- ¡Ya! ¡Ya hija! – diciendo esto miró por fin el papel.
El hombre se quedó atónito, era demasiada casualidad. El test era ¡¡positivo!!.
-¡Sí! Sí eres mi hijo Vigo- exclamó.
El resto quedó en silencio por un buen rato., hasta que al fin la señora Román se levantó de su asiento y abrazó y besó a Vigo en ambas mejillas.
Vigo poco acostumbrado a tal demostración de cariño, se sonrojó y Mariana soltó la risa.
La tensión al fin se disipaba y todos parecían estar contentos, quizás algo ansiosos, porque los pastelillos desaparecieron en pocos minutos de la enorme bandeja. Pero eso no era un problema para la señora Román, pues tomó la bandeja y al rato volvió con más pastelillos.
Al fin Dense pudo saber todo, Vigo y Mariana se lo contaron finalmente, hasta que Vigo ya no era Vicente Gómez, sino Vicente Román, pero entre Vigo y Viro, todos prefirieron quedarse con Vigo.
Y yo me pregunto ¿Cuántos Vigos andarán por allí? ¡Por qué de que los hay! ¡Los hay!
Es un tanto riesgoso ¿No creen?
Hermanos que se conocen sin saber que son hermanos, sin las habilidades de Vigo, pueden darse situaciones lamentables.
¿Cómo evitar estas situaciones lamentables? Piensen en eso.
Fin







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